Todos los caminos llevaron a Roma, historia de un torneo

Hay torneos que nacen con identidad. Y hay otros que la van construyendo, con los años, con los cambios, con la historia que los atraviesa.

El Imperio, la loba, Rómulo, Remo, César, el Duce, la República, Vilas, Sabatini, Sinner, el polvo de ladrillo, la Vía Apia, todos los caminos conducen a Roma.

El Abierto de la capital italiana es de esos, porque para entender lo que es hoy, hay que ir

bastante más atrás. Incluso, antes de Roma.

De Milán al Foro Mussolini

El torneo no empezó donde hoy parece inevitable. El primer capítulo se escribió en Milán, en 1930. Fue una edición inicial, casi fundacional, que rápidamente encontró otro destino.

El traslado a Roma no fue casual. Por aquellos años, el deporte también formaba parte de una idea de país, de una construcción política. El complejo que se aprestaba a recibir al torneo había sido inaugurado en 1932 bajo el nombre de Foro Mussolini, en pleno auge del régimen del Duce Benito Mussolini. Con el tiempo, ese nombre mutaría y pasaría a llamarse, simplemente, Foro Itálico, el mismo con el que hoy se sigue reconociendo a la casa del torneo. Ese cambio de nombre también significó un cambio de época, pero las estructuras estaban firmes y quedaron para dar su impronta de Mármol, historia y supervivencia.

Hay algo en Roma que no se puede replicar en ningún otro torneo. No tiene que ver con la superficie, ni con la altura, ni siquiera con el público, está más relacionado y tiene que ver con el escenario.

El Foro Itálico no es sólo un complejo deportivo, es un espacio cargado de historia, atravesado por una estética que responde a otro tiempo. El racionalismo italiano está ahí, en cada detalle, en cada una de las imágenes que se alzan en el predio.

Las estructuras originales, el Estadio de los Mármoles y la pista Pietrangeli, se transformaron en los mayores supervivientes, sobrevivieron a todo: a los cambios políticos, al paso del tiempo e, incluso, a la guerra. Fueron preservadas como parte del patrimonio arquitectónico italiano.

A pesar del auge del deporte impulsado como herramienta política de superioridad y poderío, terminó, indefectiblemente, frenado por la guerra. La Segunda Guerra Mundial volvió a frenar al tenis, esta vez, también en Italia.

El torneo, como toda Europa, tuvo un corte abrupto. Desde mediados de los años 30 y el final de la Segunda Gran Guerra, el ahora Abierto de Roma dejó de disputarse. No había espacio ni pausa para el deporte.

En ese lapso y contexto, el Foro Itálico tuvo otros usos. Las instalaciones adaptadas a las necesidades del momento y con funciones muy alejadas del tenis, lo que demostraba que formaba parte de un continente en conflicto. Cuando todo terminó, hubo que reconstruir.

El predio recién volvió a utilizarse en 1948, pero no precisamente para jugar tenis. Del 24 al 26 de septiembre de ese año, fue sede del campeonato europeo de vóleibol masculino, en el Estadio Pietrangelli.

Las estructuras no estaban muy dañadas, pero Italia recién estuvo preparada en infraestructura y emocionalmente para volver a ver tenis allí cuatro años después de culminada la Gran Guerra, y volvió a ser escenario de una serie de Copa Davis, esta vez ante Yugoslavia, competencia que le abriría la puerta al regreso del torneo al año siguiente. Y, desde entonces, no se movió más.

Roma mantuvo su lugar sobre esa superficie rojoanaranjada, que define y caracteriza a la Gira europea de canchas lentas, previa a Roland Garros.

Pero el certamen del Foro Itálico nunca fue un torneo más dentro de esta mini temporada, siempre tuvo algo distintivo, una atmósfera particular, un ritmo propio. Se acomodó en los ‘90 para atraer a las figuras que no eran muy afectas a esta superficie y solían llegar a la otrora capital del imperio, como lo hizo Pete Sampras, quien conquistó el torneo en 1994, aprovechando que la velocidad de la superficie no era tan lenta como en el resto, y consiguió uno de los tres títulos sobre polvo de ladrillo de su carrera, Kitzbühel ‘92 y Atlanta ’98, los otros dos.

Pero, en los últimos años del siglo pasado, eso empezó a cambiar. La organización ajustó la preparación de las canchas y buscó hacerlas más lentas, para hacer un circuito más homogéneo y parecerse más a las de París.

Para ese momento, el torneo ya contaba con una nueva cancha central, que casi duplicaba en butacas a su antecesora y la dejaba, con sus estatuas, en segundo lugar.

Un estadio que cambia y genera debate

Dentro del Foro Itálico del tenis, hay una cancha que resume mejor que ninguna esa mezcla que se produjo con las innovaciones necesarias para sostener a este torneo: El estadio Pietrangeli. Inaugurado en 1934 con el nombre de “Stadio Olímpico della Racchetta”, fue sede del match de Copa Davis entre Italia y Suiza. Un año más tarde cambió la denominación a “Stadio della Pallacorda”, con el que permaneció hasta 2006, cuando se le rindió homenaje al mejor tenista italiano, hasta ese momento, Nicola Pietrangeli.

Ese magnífico estadio, ahora, se debate entre la tradición y la modernización, lo estético y el pragmatismo que cubra las necesidades.

Considerada una de las más lindas del mundo, rodeada por 18 estatuas de mármol de Carrara, todas ellas fueron esculpidas por Eugenio Baroni antes de su inauguración, excepto la escultura denominada «Lanciatore di palla vibrata», realizada en 1942, por Domenico Ponzi.

es todo un símbolo del torneo, que referencia en una imagen lo que representa. Pero, se ha convertido en un espacio en transformación.

En los últimos años, se realizaron modificaciones importantes. Se ampliaron las tribunas para aumentar la capacidad y se agregaron estructuras superiores que terminaron por generar una polémica inevitable, porque remodelaciones y las nuevas gradas tapan parcialmente a las estatuas y, de esta manera, alteran la estética original, cambiando la apariencia de un estadio que parecía intocable.

El torneo fue creciendo, el tenis fue cambiando y los jugadores presionaron por sus reclamos de mayores comodidades. Todo esto obligó a ampliación de espacios y llegaron las reformas. La idea era modernizar sin romper pero, ¿cómo modernizar sin perder lo que lo hace distinto? Esa pregunta es la que atravesó todo el Foro Itálico.

El Estadio Central tuvo una intervención fuerte en 2010. La ATP impuso sus condiciones para que siguiera siendo un Masters 1000, se las atendió, se amplió y se adaptó a las exigencias actuales del circuito, mientras que la Pietrangeli también fue ajustándose, pero siempre con una tensión presente de conservar su estilo.

Y la edición 2026 aparece, tal vez, como un punto de inflexión. Este cuarto año, con la disputa ampliada a dos semanas de competencias, se dará bajo un contexto distinto. Con un torneo que sigue expandiéndose, el complejo duplicó su tamaño y pasó de 10 a 20 hectáreas. Hoy cuenta con 21 canchas, sumadas las de competición y entrenamiento, mostrando un crecimiento que responde a una demanda cada vez mayor.

Además, se consolidó un nuevo estadio, el SuperTennis Arena, con capacidad para 3.000 personas, que lo ubica como el tercer escenario en importancia dentro del predio.

Para los años venideros, 2027 o 2028, se espera tener operativo el, por ahora, proyecto de un techo retráctil del Estadio Central. La idea va hermanada con las actualizaciones de escenarios al aire libre, que les permita la adaptabilidad y, así, evitar las suspensiones por lluvia. Ajustarse a lo que ya sucede en otros grandes torneos.

Roma, otra vez. Con su historia, su estilo y su atmósfera, como lo reconociera el tenista ruso Daniil Medvedev, haciendo hincapié en que la proximidad del público genera un ambiente más intenso, más cerrado, más ruidoso.

Roma, incluso en sus cambios, no deja de ser Roma.

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